Pablo Stefanoni “Todos los rostros del peronismo”

Todos los rostros del peronismo

Pablo Stefanoni

 

Uno de los enigmas de los politólogos y extranjeros interesados por la política argentina es la capacidad del peronismo para sobrevivir a sus profundos virajes ideológicos y su habilidad para mantenerse en el poder y reinventarse permanentemente. Un fenómeno que la socióloga Maristella Svampa llamó el “peronismo infinito”.

Este movimiento político -cuyo nombre oficial es Partido Justicialista- nació en 1945, en un contexto de expansión de los nacionalismos populares latinoamericanos y desde sus comienzos fue sede de múltiples tensiones: mientras generaba procesos inéditos de inclusión social y dignificación de los trabajadores, avanzaba en la estatización de los sindicatos; mientras se postulaba como un proyecto de transformación social, nombraba rectores fascistas en las universidades y reponía la educación religiosa en las escuelas. Pero esto no impidió que, algunos años más tarde, los peronistas quemaran iglesias, luego del pasaje de la curia a la oposición antiperonista violenta. La polarización llegó a tal punto que algunos pudieron pintar en las paredes “viva el cáncer” cuando Eva Perón se enfermó y murió a los 33 años.

Ya en el exilio, Perón alentó a la “juventud maravillosa” que tomaba las armas para luchar por el retorno del líder, que vivió un largo exilio entre 1955 y 1973. El “luche y vuelve” envolvió a enormes masas populares, sindicatos de base y jóvenes de clase media, hijos de furibundos antiperonistas que abrazaron la causa peronista para ir hacia el pueblo.

Perón era un maestro de la política pendular y del cinismo político. Ya en su regreso al poder, terminó tratando de “estúpidos imberbes” a los Montoneros y apoyando a la Triple A (Alianza Anticomunista Argentina), manejada por el sinistro López Rega desde el Ministerio de Acción Social. Tras la muerte de Perón lo sucedió su esposa y vicepresidenta María Estela Martínez, que comenzó la política de represión ilegal que más tarde, tras el golpe del 76, continuó multiplicada por la dictadura militar genocida.

En 1983 los argentinos castigaron a este peronismo de derecha y votaron por Raúl Alfonsín. Mientras el candidato peronista a gobernador de Buenos Aires -Herminio Iglesias- quemaba un ataúd en el cierre de campaña con las siglas del alfonsinismo, este último prometía paz, justicia y verdad. Pero la crisis hiperinflacionaria abrió paso otra vez al peronismo en 1989, de la mano de Carlos Menem, que llegó con una campaña nacionalista y llevó adelante una política de privatizaciones y entrega del patrimonio público. “Si hubiera dicho lo que iba a ser no me hubieran votado”, se justificó en una entrevista televisiva.

Otra vez, en 1999, un gobierno no peronista con Fernando de la Rúa. Otra vez, un gobierno que terminaba mal. “Nadie que no sea peronista puede gobernar la Argentina”, se fue transformando en un sentido común nacional. Tras la crisis de 2001, el peronismo volvió de la mano de Eduardo Duhalde y se abrió paso al kirchnerismo, para muchos una suerte de etapa superior del peronismo. Así, cuando nadie lo creía, después de llevar adelante el principal programa de privatizaciones con Menem, el kirchnerismo recuperaba su rostro “nacional y popular”. La propia Cristina Fernández dijo en los 90 que Domingo Cavallo -el artífice de la entrega- era uno de los “cuadros más lúcidos” del país y su esposo y gobernador Néstor Kirchner apoyó activamente la privatización del petróleo.

Entre 2003 y la actualidad el kirchnerismo recupera un peronismo setentista heterodoxo, que reivindica la figura de Héctor Cámpora, quien ejerció muy brevemente la presidencia con la izquierda peronista en 1973. Esto tuvo un profundo efecto psicológico en la generación de los 70, que sintió que su vida al final adquiría un sentido, y también en muchos jóvenes seducidos por el nuevo relato nacional popular. Mostrando una gran ductilidad, el kirchnerismo levantó banderas como el matrimonio gay y la lucha contra la impunidad de la dictadura; además retomó algunas banderas más tradicionales como la mejora en la distribución del ingreso. Ya de salida (Cristina termina su mandato en 2015), la continuidad parece estar nuevamente en el peronismo. De hecho, la principal oposición al peronismo es hoy también peronista.

Como ha señalado el peronólogo Juan Carlos Torre, “el peronismo se sostiene sobre un electorado fiel, contra viento y marea, cualquiera sea la oferta desde el vértice peronista y que nunca está por abajo del 35% de los votos. Ese peronismo podemos caracterizarlo como el ‘peronismo permanente’. Ahora bien, a él se suma lo que el peronismo obtiene cada vez que, con esa agilidad que le es propia, se sintoniza con el clima de la época, y es lo que yo llamo el ‘peronismo contingente'”.

Si algo sabe hacer el peronismo es adecuarse al clima de época para permanecer en el poder. Hoy Sergio Massa, alcalde de Tigre y candidato a diputado para el 27 de octubre, intenta ser el sucesor de Cristina en oposición al kirchnerismo (aunque fue jefe de gabinete del gobierno de Kirchner), mientras el gobernador de Buenos Aires, Daniel Scioli, quiere ser el elegido de la Presidenta para sucederla, pero con un discurso muy alejado del progre-kirchnerismo. Y un sector del cristinismo prefiere perder en 2015 pero con un candidato propio.

Como ha escrito el periodista Martín Rodríguez, esta nueva generación intermedia del peronismo (con discursos vacíos, sonrisas profusas y falsos optimismos), que se prepara para la sucesión, conoció el peronismo en su versión posmoderna como partido de Estado, como condición para el ejercicio del poder. Esto último, en definitiva, parece definir hoy al partido creado por Perón y Evita.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

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