Escrito por Paola Robles Duarte

Revista Rio Bravo, 13 de octubre de 2016

Ayer me la pasé todo el día explicando cómo el Encuentro Nacional de Mujeres no se trataba sólo de un puñado de mujeres que piensan que revelarse es mostrar las tetas, o escribir “como concha” en la pared.  No estoy hablando de respuestas en una charla con hombres, sino de mujeres no tan distintas a mí.

Confrontadas por lo incorrecto, por lo antinatural de estos episodios, se lamentaban de que esto haya sido -junto a los incidentes y la represión en la Catedral de Rosario- lo que trascendió del Encuentro.

Ninguna de estas mujeres mencionó la aberración del femicidio de Lucía en Mar del Plata. Ninguna. Ninguna se sobresaltó, ni transpiró o se descompuso de solo imaginar la secuencia: la sometieron, la violaron, la empalaron, la ultrajaron hasta que su corazón no resistió; los hombres que la hirieron para siempre se tomaron el tiempo que consideraron necesario para higienizar el cuerpo, despojarlo de evidencia y llevarlo a una sala de hospital.

Hace un par de horas que pienso bastante en esto, leo los comentarios debajo de las diferentes coberturas periodísticas, de las publicaciones en Facebook, y no son la mayoría los que defienden -si es que alguien puede defenderla- a Lucía. Voy a procurar utilizar muchas veces su nombre; no voy a decir, la joven, la piba, la chica de 16 años; no solo porque es Lucía, sino porque puedo imaginar más allá que el rostro en la foto, pensar en la Maga de Rayuela, en el nombre de una amiga, en el segundo nombre de mi hija… pensar en Lucía: que murió de un paro cardíaco como consecuencia del empalamiento al que fue sometida. Murió de dolor. Murió de injusticia. Murió de naturalidad.

Elijo creer que no se trata de doble moral: ese refugio invisible que hiede a mierda. O al menos no solo de eso. Creo que es el terror que nos genera a las mujeres lo antinatural. Nos pasamos toda una vida construyendo nuestra subjetividad sobre la base de lo natural, lo biológico.  Es antinatural que 80 mil mujeres se reúnan en un mismo lugar a intentar cambiar el futuro, comprenderse, regodearse de las pequeñas y de las grandes conquistas, mirar a la otras y verlas inmensamente lindas, vestirse de colores, hablar por horas de cosas que claramente de solo hablarlas no van a cambiar, pero que pueden comprenderse. Es antinatural ver a dos mujeres besándose, la palabra “concha” escrita en una pared de Rosario, tetas pendulantes desnudas y escritas con mensajes arcaicos, es antinatural por eso es grave. Es incómodo, es confuso, es el otro siendo otro, actuando como yo no lo haría, como ni me imaginaria.

A fuerza de pura honestidad, estas situaciones -los grafitis que ridículamente ubican a mi heterosexualidad, a los carnívoros y al patriarcado como iguales males para la sociedad, que claman por el aborto desde un lugar absolutamente deshumanizado secundarizando la muerte de cientos de mujeres por año en esta práctica de manera clandestina, la imposición, ejercida como toda imposición con violencia, las tetas desnudas frente a la Catedral- siempre formaron parte de una especie de ritual folcklórico, de “las anécdotas del Encuentro”.  Pero este año, cuando me encontré respondiendo las preguntas de mi hija de ocho años sin palabras simples, que hicieran mención a “la rebeldía colectiva” o con la “libertad”, pensé: el machismo se alimenta de nuestros espacios inconexos.

Pensé también en decirle: “el cuerpo es el territorio de cada una, nadie puede transitarlo sin nuestro consentimiento. Estas mujeres intentan decirnos eso, pero con una torpeza y una violencia que se asemeja a la opresión del macho en la manada, en realidad nos están escupiendo, empujando, condenando a quienes parimos por decisión, revictimizando a la víctima que sobrevivió al violador, a las que como no pudieron elegir abortaron, y que al pensarlo se mueren de dolor, de nuevo”. ¿Qué decimos con lo que hacemos? ¿Qué objetivo perseguimos? ¿Si no voto en un taller atento contra la organización del movimiento de mujeres galáctico? ¿Cómo explico a otro lo que no comprendo? ¿La mujer que no estaba en esa marcha es nuestra enemiga? ¿No es oprimida? ¿No corre el riesgo de morir empalada? ¿Quién de nosotras está exenta? ¿Quién se siente segura?

De todas maneras, no me llama la atención que las mujeres que critican al Encuentro por lo que se vio en la tele, se indignen con una pared pintada o con la exhibición de una teta con pircing, porque claramente el mensaje no está destinado a conmoverlas, a sumarlas, a que se sientan parte, si no a que se sientan otras: menos diferentes, cobardes y más standarizadas.

No se trata de profundidad ni de inteligencia, se trata de comprender que la matriz que sostiene a esta sociedad machista somos las mujeres, que sólo cuando lo entendamos vamos a poder transformarlo. Las “distintas” y “superchicas de la rebelión individual” no son más que pequeños círculos de agua en estanques de las grandes ciudades; solamente la creciente conciencia y rebelión de las mujeres en un conjunto poderoso pueden ser olas que sacudan todo a su paso: como esa marcha de 80 mil mujeres que hicieron de Rosario un pedazo de mar.

¿Aquella mujer que hace 30 años conserva su creencia en dios como un bien preciado de una madre o un padre que la educaron cada día de su vida en ese paradigma, merece mi desprecio? Cuando sometieron, violaron y empalaron a Lucía: ¿le preguntaron si creía en dios? El problema es el perverso sistema de creencias que el patriarcado ha instalado para seducirnos con posibles finales felices y para los cuales nos obliga a transitar la entereza de resistir todas las injusticias del mundo sobre nuestras espaldas. El problema es el estado-iglesia. El problema es creer que es antinatural que las mujeres podamos elegir incluso qué creer.  ¿Los dos hombres que sometieron, violaron y empalaron a Lucía habrán creído en dios? ¿El que prende fuego a una mujer, que mata a la madre de sus hijos, que secuestra pibas para la trata de blancas, no tomó la comunión? ¿Todos estos no creen en dios? Otra vez, el problema es que la palabra concha en una pared es antinatural y que Lucía haya sido violada, empalada y asesinada no.  Nos educan, sobre todo las mujeres que dirigen nuestras vidas, que si vamos por una calle oscura, nos vestimos de determinada manera, bebemos, viajamos, “nos exponemos a determinados riesgos”, es natural que nos violen y nos maten. Así como es natural que si quisiera elegir dejar de concebir tengo que hablar con el potencial padre de los hijos que no voy a tener para pedir que me autorice a decir lo que debo hacer con un cuerpo que es mío.  Ejemplos como estos hay miles; millones de ejemplos que sostienen la preciada “naturalidad” de las consecuencias de ser mujer.  Dado que derrumbar catedrales con una masa sería una indemnización insuficiente ante las mujeres que ha prendido fuego, torturado y violado la Iglesia Católica en su milenaria historia, vale la pena  pensar también en esto:  ¿violentar lo simbólico desde el mero vandalismo no castiga a aquella mujer que no está en mi proceso, que no piensa como yo, que para sacarse de encima sus creencias de toda una vida tiene que enfrentar a los que quiere, enterrar a los fantasmas, renunciar a los talismanes, enfrentar en soledad la crianza de los hijos que tal vez no quiso tener? ¿No condeno a otra mujer al peligro y a la soledad de ser mujer al no considerarla sobre todo mujer antes que nada?

Entre lo antinatural y natural hay un espacio inconexo que tenemos que lograr conectar. Para que si vuelve a pasar lo de hoy, si leemos que alguna más sufrió lo que Lucía, sintamos ese dolor; se nos llene la boca de bronca y tengamos la visceral necesidad de salir a la calle para que no vuelva a pasar;  y que entonces  los violadores y asesinos, golpeadores y abusadores, se meen encima de miedo de solo pensar en nosotras como un inmenso cuerpo sin fronteras que merece ser respetado, que tiene sueños hilados en sueños que otras soñaron.

Pobres de nosotras si esto no nos ocurre pronto. Si no puteamos al editor de un medio que publica el femicidio de Lucía en la sección de Policiales como si fuera algo que podría haberle ocurrido también a un hombre, como si no existiera un contexto social, político y económico que sirviera de escenario para que sometieran, violaran, empalaran y asesinaran a Lucía como lo hicieron, por ser mujer. No es natural: es una aberración cometida en el cuerpo de una mujer y por lo tanto en nuestro cuerpo.

Ana elige una canción todas las noches. Elige “Lucía” de Serrat. Esta noche no voy a poder cantarle a mi hija, tal vez mañana; porque en el fondo de la lata,  romper con lo establecido como natural, es sobre todo nunca dejar de cantar…

Publicado por Río Bravo el 13 de octubre de 2016.

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