salto alto

Jóvenes: Un camino estrecho entre el abandono y el subsidio

Eduardo Victor Lapenta
Precandidato a Intendente
Partido Socialista de Azul

Si a un joven con condiciones para el deporte de salto en altura le ponemos una vara a 2 metros, y le exigimos que la sobrepase, fracasará 20 veces y desistirá de continuar. Lo excluimos, lo marginamos del deporte. Si le ponemos una vara a 60 centímetros y lo obligamos a saltar la misma altura todo el tiempo durante años, impediremos que desarrolle sus condiciones, y jamás podrá competir.

El ejemplo nos ayuda a entender lo que ocurre con las malas políticas públicas dirigidas a los jóvenes en situación de marginación o vulnerabilidad. Mientras algunos pretenden abandonarlos a su suerte, con el argumento reaccionario de que su progreso social depende de ellos, otros pretenden subsidiarlos indefinidamente, sin exigirle ningún esfuerzo de su parte. Lo peor es que se las plantea como opciones excluyentes, cuando es evidente que no lo son.

El ser humano es el animal más indefenso. Necesita cuidado, abrigo, y alimentación suministrada por otros cuando nace. Podrá afrontar los desafíos más increíbles, pero progresivamente. La indefensión social sucede del mismo modo, con la acumulación de factores adversos: educación de baja calidad, vivienda precaria, falta de servicios, de calefacción, ausencia de transporte, imposibilidad de un trabajo formal, limitaciones al acceso a la salud pública, estigmatización por su vestimenta o el barrio adonde vive, familia disgregada, etcétera. Y el caso de las mujeres es peor porque concurre la maternidad precoz, responsabilidades familiares, discriminaciones de género, etcétera.

A quienes tenemos la suerte de haber nacido en un hogar que nos brindó contención, buenas posibilidades de vida y educación, nos cuesta entenderlo. Pensamos en el obstáculo individual, y como lo superaríamos, pero no alcanzamos a comprender como la sumatoria de factores se vincula y potencia, hasta determinar la marginación. ¿Hay excepciones? Siempre, la que confirma la regla. Pero eso no nos autoriza a pensar que los demás jóvenes no quieren lograrlo.

Nuestra sociedad tiene desigualdades cada vez mayores. El estado es el responsable de brindar igualdad de oportunidades. Lo debiera hacer de en todos los planos de su actuación:

  1. Implementa servicios comunes (educación, salud, transporte, etc.) que debieran ser un piso mínimo e igualitario. Pero no lo son. No es igual la educación en el centro que en algunos barrios, o la salud, o el transporte.
  2. Luego, el propio estado debe ser igualitario en las relaciones con las personas, tanto para permitirles el ingreso a la función pública, o para brindarles oportunidades para el deporte, el esparcimiento, o el desarrollo de sus aptitudes artísticas, musicales, etcétera. Pero en la práctica no lo es, porque tiene prácticas de discriminación, usualmente con sentido clientelar. Solo reciben empleos o estímulos quienes pertenecen a la misma facción política.
  3. Finalmente, el estado –todos nosotros– debe ayudar solidariamente a quienes sufren situaciones especiales sea por contingencias como inundación o incendio, o que por cuestiones humanas no satisfacer sus necesidades básicas, como los niños, discapacitados graves, ancianos, enfermos, desocupados, etcétera.

Ese concepto se ha ampliado para considerar aquellos que no pueden lograr su inserción social adecuada, como los jóvenes que no completan estudios ni logran la capacitación para el trabajo, por la acumulación de distintos factores de vulnerabilidad que confluyen a su marginación social. O las jóvenes que son madres, y esto las priva de estudiar o trabajar.

La enorme desigualdad y la marginación son las causas principales de la conflictividad social, de la violencia y el delito. Y es lógico que suceda, porque ninguno de nosotros querría aceptar las reglas de una sociedad que no nos permita alimentar a nuestros hijos o darle un techo, mientras vemos que otros acumulan y ostentan riqueza. Es como tener un reglamento de futbol, adonde solo se cuenten los goles para el otro equipo.

Y los jóvenes marginados llegan también a la drogadicción, sea para sobrellevar su condición social, o comercializando droga a falta de un trabajo digno. La inclusión social, obra del consumismo, les exige tener ropa cara y un buen teléfono celular.

Aunque algunos de nuestros vecinos tengan anulado el sentido solidario, y adhieran fervientemente al individualismo feroz, tendrían igual que comprender que no hay vida posible en común sin un mínimo de igualdad social. No hay patrullero ni policía que nos libre de riesgos en una sociedad absurdamente desigualitaria.

La sociedad debe asegurar un mínimo de derechos humanos a todas las personas. Pero asegurar derechos no significa que los liberemos del esfuerzo, de premiar los méritos y castigar las faltas, del estudio o del trabajo. Solo quiere decir, brindarle la oportunidad que no tuvo.

Por eso es tan negativo privarlos de ayuda estatal, como dársela a modo de subsidio, sin reclamar ningún esfuerzo de su parte. Esfuerzo que debe concluir en lograr vivir en condiciones dignas, sin ayuda del estado. Tampoco hay que regalarles exámenes y calificaciones, que los incapacitan para la vida en sociedad.

Los derechos humanos se dan o se quitan en la ciudad adonde uno vive. No tiene sentido pensar en el gobierno nacional o provincial, es aquí en Azul y en las Localidades del partido, adonde los todos jóvenes deben tener la igualdad de oportunidades para insertarse en la sociedad, con las mismas posibilidades que los demás. Dependiendo de su esfuerzo, pero sin ponerle varas iniciales que no puedan saltar.

Es ese el camino estrecho que propone el socialismo en Azul, el que contienen las ideas y propuestas de su Plan de Gobierno 2015-2019, para lograr #ElAzulQueQueremos.

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