Chile vive un particular «desencanto» de las instituciones luego de una larga experimentación neoliberal. La Iglesia no es ajena a este proceso que tiene al consumo en el centro de la escena. Como ya advirtiera un intelectual que influyó en el pensamiento del actual papa, caído el comunismo, el neoliberalismo se había convertido en el principal enemigo del catolicismo.

 

La reciente visita del papa Francisco a Chile puso de relieve ante la opinión pública mundial la deteriorada imagen de la Iglesia local. Un estudio de Latinobarómetrodifundido en vísperas de su viaje muestra el derrumbe de la confianza popular en esa institución, mucho más acusado y veloz que en cualquiera de los restantes 17 países latinoamericanos que abarcó la encuesta. A partir del escándalo que estalló en 2010 por los abusos sexuales protagonizados por el sacerdote Fernando Karadima, el catolicismo sufrió una enorme pérdida de fieles, en parte recuperada tras la llegada de Francisco al papado en 2013, pero solo para volver a caer en los últimos años.

Los pedidos de perdón que hizo el papa durante su visita no resultaron efectivos. Hasta la esposa de un ex presidente demócrata cristiano lo acusó de hipócrita. Sucede que entre los que escucharon sus disculpas se encontraba presente el obispo de Osorno, Juan Barros, promovido por Francisco y acusado de mantener estrechos lazos con Karadima y de encubrirlo. El papa despreció, utilizando un vocabulario inusual, los reclamos que los fieles le hicieron llegar contra ese nombramiento. «Osorno sufre por tonta», les dijo en 2015 el papa a unos peregrinos en el Vaticano tal como lo documenta un video. Y agregó que se «se dejaban llevar de las narices por unos zurdos».

La imagen del papa en Chile es ahora la más baja de la región. Tanto él como la jerarquía chilena, y en particular el actual obispo de Osorno, son vistos como encubridores de Karadima, en un país con unos ochenta casos de abuso denunciados en los últimos años. Los periodistas que cubrieron la visita pontificia aseguran que el recibimiento que le brindó la población fue tan frío que no registra antecedentes en los países católicos (e incluso no católicos) que visitó. El viaje de Francisco fue sin dudas el más difícil de su papado y estuvo rodeado de protestas y agresiones contra templos atribuidas a grupos anarquistas en el marco del antiguo conflicto del Estado con los pueblos originarios, especialmente mapuches, que la presencia del papa contribuyó a activar aunque su propósito era tender puentes.

Mientras que en otros países latinoamericanos muchos de los pobres que desertan del catolicismo se enrolan en distintas variantes evangélicas, en Chile sucede algo peculiar. Allí muchos abandonan toda religión y se declaran ateos o agnósticos. Esta categoría ya abarca al 38% de la población total (frente al 45% que se dice católica) y es la más alta de Latinoamérica; los pobres aportan la mayor parte de ese porcentaje (el 43%). Antes del caso Karadima, quienes no se reconocían en ninguna religión representaban el 18%, siempre según Latinobarómetro. Ahora Chile sigue a Uruguay, un estado de larga tradición laica, entre los países con menos seguidores de alguna fe.

La revista The Economist atribuyó este declive a las denuncias por abusos, pero también al hecho de que Chile es el país más próspero de la región y sus distintos estratos sociales, en particular los ricos, son ahora más instruidos. La revista conservadora británica parece hacerse eco de las viejas ideas del Iluminismo según las cuales cuanta más pobreza material y cultural exista, mayores son las adhesiones a las supersticiones. Aunque la publicación británica no lo menciona, Estados Unidos sería la excepción a este punto de vista, puesto que allí los presidentes compiten en menciones a Dios desde su discurso inaugural, caso único entre los países desarrollados.

Pero si ampliamos la perspectiva sobre el caso chileno, podríamos relacionar la pérdida de la fe en la religión con la desconfianza de la población en la vida institucional. Las últimas elecciones presidenciales ofrecen algunos datos interesantes. En el balotaje que consagró a Sebastián Piñera como presidente electo fueron más las abstenciones que los votos. En un artículo periodístico se recordaba que en la primera vuelta concurrió a las urnas apenas el 47% del padrón y el 36% en las municipales de 2016. En 2012, el voto obligatorio se volvió voluntario. La abstención no dejó de crecer desde entonces y los pobres son los que menos votan.

En una crónica, los enviados de El País para cubrir la campaña registraron que en Chile los pobres y la clase media baja se hallan volcados al consumo y pasean por los shoppings destinados a los estratos superiores aunque no adquieran cosa alguna. «‘Venimos siempre [declaró una visitante a los periodistas], puedo estar todo el día aunque no compremos nada, esto es mucho mejor que donde yo vivo’». Allí se recuerda una historia de las «niñas araña» que trepaban a edificios ricos y se metían en los departamentos solo para probarse la ropa y, al parecer, se iban sin robar.

El consumismo, desde luego, no es un fenómeno exclusivo de Chile, pero la combinación de la fascinación particular que produce allí con la indiferencia hacia la política democrática es particularmente significativo. Por otro lado, la denuncia del consumismo y de una cultura en la que todo se descarta (desde artículos y comida hasta seres humanos) es uno de los puntos centrales del mensaje de Francisco, quien en sus encíclicas los asocia a la desigualdad social y al deterioro ecológico del planeta. Este mensaje despierta, por ejemplo, abiertas resistencias entre la conservadora jerarquía católica de EE.UU. ¿Puede generar asimismo réplicas entre la población chilena, si es que podemos dejar por un momento de lado los escándalos sexuales en los que también se lo señala como encubridor?

Dichos escándalos sin duda constituyen la principal causa inmediata del deteriorado prestigio de la Iglesia. Pero son un fenómeno mundial. ¿Por qué afectaron tanto a la institución en Chile y menos en otros sitios? Posiblemente haya que sumar a esta evidencia procesos más profundos. Uno de ellos es la acelerada secularización que vive Occidente. Pero, de nuevo, el impacto de este hecho es general. Acaso lo más específico del caso chileno resida en otro lugar, no menos universal, pero que se manifiesta en ese país de manera especial: el consumo.

Chile ha sido señalado como el primer experimento neoliberal de la historia y el único «exitoso» puesto que ha crecido y se ha mantenido en el tiempo. Configura un modelo para las corrientes de derecha de la región. Pero Chile es también el segundo país más desigual de todos los miembros de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE). Como herencia de la dictadura pinochetista, sus sindicatos son débiles y se debe pagar ingentes sumas por la salud y la educación. Los asalariados están muy endeudados para mantener el nivel de vida y los consumos. Podríamos conjeturar que han dejado de creer en la religión y en la política para volverse involuntariamente fieles a lo que el filósofo Walter Benjamin llamó, en un breve y penetrante fragmento de 1921, «la religión del capitalismo».

Esta «religión» genera culpa (la palabra alemana también significa deuda, una sinonimia con la que juega el autor). No hay otra fe que en lugar de prometer la expiación nos llene de culpabilidad (o de deudas). Constituye, por tanto, el culto más inclemente y el único que no exige creer en algo en particular, pues no tiene dogma, es puro culto. El intelectual católico uruguayo Alberto Methol Ferré, muy influyente en el pensamiento de Jorge Bergoglio, explicó que, caído el comunismo, el neoliberalismo se había convertido en el principal enemigo del catolicismo. Como anticipó Benjamin en referencia al capitalismo en general, según Methol Ferré el neoliberalismo difunde un materialismo de masas que las vuelve indiferentes a cualquier trascendencia y las fija en un individualismo despolitizado.

Una renovada izquierda chilena obtuvo un sorprendente resultado en primera vuelta de las recientes elecciones presidenciales, pero no alcanzó todavía el alma del país. Mientras tanto, la geopolítica espiritual de la región mezcla lo nuevo con lo viejo. El país de origen de Francisco linda al este con la tradición laicista y republicana del Uruguay y al oeste con la más reciente religión neoliberal de Chile.

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