dadeltrabajoba9

SIN ESFUERZO Y DIALOGO, NADA SE CONSIGUE

Tampoco en Azul, aunque nos aferremos a ilusiones. Hay que lograr los  consensos básicos, verdaderas “cuestiones de estado”, que ningún gobierno esta autorizado a desechar.

Eduardo Victor Lapenta
Partido Socialista de Azul

Durante muchos años opinamos sobre el modelo de ciudad para Azul (y el partido). ¿Había que esforzarse en radicaciones industriales o en la producción agropecuaria con agregado de valor? El profesor De Paula instaló la idea del turismo. Se propusieron planes estratégicos de crecimiento con una moderada participación ciudadana. Pero el disenso superó al consenso, y no existieron acuerdos básicos que, como “políticas de estado”, fueran sostenidas en los distintos gobiernos. Y a veces, ni siquiera por sucesivas gestiones del mismo gobierno.

Algunos pregonan que “hay que hacer todo”, olvidando que quién mucho abarca poco aprieta.

No decidir es una forma de decidir, tal vez la peor. Nos guste o no, desde 1983 a la fecha, para referirnos al período democrático, se ha producido un desarrollo sostenido de Tandil y Olavarría, que necesariamente ha limitado la posibilidad de elección de un modelo para Azul. En estos días, la debilidad azuleña ha llegado a tal extremo que, el gobierno de Olavarría nos considera “el patio de atrás” de su municipio. Y razones no le faltan.

En Azul hemos debatido –y votado– con la ilusión de que el “alineamiento” político partidario era la solución fácil para nuestros problemas de desarrollo. Una vez más buscamos afuera lo que no logramos adentro. Y fue una ilusión cercana al espejismo, como quién ve agua en el desierto. La tabla para aferrarnos con desesperación, que se comprende por la idea de estancamiento y la ausencia de un proyecto común. No era difícil vaticinar que, frente a tantas  necesidades en todas las regiones del país, con mayor población, solo podían darnos las mijagas. ¿Pensábamos lograr prioridad por sobre La Matanza, que tiene 1.200.000 habitantes? Eso sin contar con la creciente crisis económica y social, recurrente en nuestro país.

Lo peor es que nos subimos al pedestal del “alineamiento” partidario, despreciando las posibilidades de crecimiento propio, que no eran incompatibles. Replicamos el escenario nacional, con conflictividad y divisiones, sembrando enojos por doquier, forzando enemistades, enfrentando amigos y familiares. Y es casi increíble que haya sucedido, considerando que todos nos conocemos, somos vecinos y amigos, y que tampoco es posible atribuirlo a un liderazgo carismático.

Tomamos lo peor, dejamos lo mejor. Logramos dinamitar los puentes del diálogo y del consenso, sin obtener nada a cambio que exprese un interés común significativo.

Ahora sabemos que el “alineamiento” partidario de Azul con las autoridades nacionales, tiene beneficios para algunos dirigentes políticos, pero no resulta útil para el resto de nuestra comunidad.

El escenario provincial es aún peor que el nacional. Hace escaso tiempo atrás, Olavarría le prestó dinero al gobernador para pagar los sueldos. Esto muestra potencialidades comunales distintas al nuestra, y la extrema debilidad provincial. Ahora está tratando de pagar haberes con endeudamiento externo. Es como si hipotecáramos nuestra casa para pagar los gastos mensuales de alimentación y servicios, y nos “comemos” la casa. Lo mismo está haciendo la provincia.

Lo mejor que podríamos esperar de la nación y de la provincia, ojalá suceda, es que alguna vez afronten las obras de infraestructura, ferrocarriles, energía eléctrica, obras hidráulicas, atiendan las necesidades de los sectores más carenciados, mejoren la prestación de servicios básicos como la educación y la salud, etcétera. Nada más.

Tampoco podemos exigir que se desvíen fondos para en favor nuestro (un empleado por aquí, un puntero político por allá), asociándonos en la complicidad del gasto prescindible mientras, por ejemplo, las personas mueren en las rutas y ferrocarriles, que no tienen una inversión real desde hace más de 50 años. Hay que ser coherentes.

Tandil, y especialmente Olavarría, se han convertido en polos industriales muy cercanos, que absorben las inversiones en la región. Y los ayudamos, porque en lugar de competir con ellos, pasamos décadas discutiendo el modelo de ciudad. Ahora ya no tiene sentido destinar esfuerzos en esa dirección.

Pero podemos adoptar coincidencias básicas para profundizar el modelo que se ha venido consolidando a partir de esa realidad regional. Las actividades turístico culturales, los desarrollos educativos en todos los niveles (exigiendo equilibrio entre sedes de la UNICEN), la cultura emprendedora, las pymes tecnológicas o de servicios, etcétera. Un buen ejemplo es la declaración y festival de ciudad cervantina. Pero dura quince días, y la gente tiene que vivir todo el año. Hay que multiplicar otras iniciativas de la sociedad civil, receptadas y potenciadas con políticas públicas.

Tenemos condiciones interesantes. La facilidad de comunicación, oferta educativa integral, vida cultural, niveles de inseguridad sustancialmente menores a los de Olavarría y Tandil, un magnífico patrimonio cultural y natural, etcétera. Y lo mejor, hay personas talentosas por doquier, a quienes tenemos –por necesidad y por obligación moral– que potenciarlos. Son nuestros “embajadores” en el posicionamiento de Azul en el país, y en el mundo. Hay que pensar en forma global, y actuar desde lo local.

Precisamente, el proyecto de ciudad supone encontrar un modelo simbólico –ciudad educadora, ciudad lenta, ciudad cervantina, etcétera– con peculiaridades propias, que le brinde personalidad y la distinga del conjunto. Allí aparecen las oportunidades, que son una consecuencia de las tareas bien hechas, con tiempo y esfuerzo, y no un golpe de efecto producto de un gobernante individual. Nuevamente la falta de consensos nos agobia, porque ni siguiera pudimos sostener un logo institucional aceptado por la comunidad. Se imponen desde el gobierno, y culminan con la gestión. Hay que recomenzar cada vez, y en estas idas y vueltas se profundiza el estancamiento.

No es difícil cambiar ese estado de cosas. Hay que abrir los espacios de diálogo, comprender que, como dice Enrique Mariscal, una organización “magnética” logra la energía positiva que atrae las mejores ideas, impulsa la acciones más valiosas, genera  oportunidades y –a partir de relaciones más armónicas– logra mejor calidad de vida para todos. Es la democracia participativa, que no se agota en la elección de representantes de gobierno, sino que ofrece la posibilidad de que los azuleños sean  artífices de su propio destino, a través de los cauces que el gobierno comunal tiene el deber de abrir y desarrollar. Y tal vez sea ese el modelo simbólico que estamos buscando. El que nos diferencie y a la vez convoque a vivir en ella: la ciudad abierta, participativa, transparente, solidaria.

Una propuesta concreta es la creación de un Consejo Económico y Social, adonde puedan integrarse distintas visiones de la sociedad, potenciarse las mejores ideas, amalgamarse los posibles cursos de acción, que luego hará suyo el gobierno municipal –Intendente y Concejo Deliberante– para fijar esas decisiones “de estado” que puedan sostenerse en el tiempo con políticas públicas eficaces.

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