Derechas radicales y demócratas conservadores

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Derechas radicales y demócratas conservadores

Derechas radicales y demócratas conservadores

Los más críticos del estado de la democracia son en su mayoría las personas de más de sesenta años, blancas, con un pasar relativamente acomodado. Ellos son la base electoral de Donald Trump, de Matteo Salvini, del Brexit y, en Argentina, de Juntos por el Cambio.

En el newsletter anterior mencioné que los intentos de deslegitimación de los consensos democráticos tenían que ver con la desafección de las elites. Me refería con esto a que actualmente los movimientos identificados con los intentos de restringir los avances democráticos tienen sus bases de apoyo entre las poblaciones de mayor edad, blancas y las clases medias o ricas. No son hoy los más pobres o los más jóvenes los más insatisfechos con la marcha de las cosas, ni las mujeres ni las personas con una identidad sexual no hegemónica. No; los más críticos del estado de la democracia son en su mayoría las personas de más de sesenta años, blancas, con un pasar relativamente acomodado (y en general más varones que mujeres). Ellos son la base electoral de Donald Trump, de Matteo Salvini, del Brexit y, en Argentina, de Juntos por el Cambio.

La cientista política Pippa Norris ya lo había identificado luego de la votación del Brexit: en Gran Bretaña el voto hoy se explica mejor por un clivaje de edad que por un clivaje de clase. Los jóvenes votaron mayoritariamente para quedarse en la Unión Europea y votan mayoritariamente al laborismo; los más viejos votaron masivamente por el Brexit y son la columna vertebral del partido Conservador. Este clivaje es bastante novedoso: los partidos de masas del siglo veinte más o menos atraían jóvenes y viejos. La clase obrera era la sustentación de los partidos socialdemócratas con sus grupos de distinta edad. Hay que señalar que, como dice Norris, esto no refleja que los más jóvenes están encantados con el estado del mundo. Antes bien, tienen peores perspectivas económicas que sus padres y sus abuelos, son más pesimistas y piensan que a ellos les tocará vivir en un planeta diezmado por una catástrofe climática. Y, sin embargo, no tienen una agenda de cambio radical revolucionario; quieren una continuidad o profundización de la democracia liberal. Desearían vivir en el mundo actual, un poco mejor. Hoy no son nihilistas los jóvenes sino los viejos. 

Una anécdota para ilustrar este caso. El senador repubublicano Mike Lee, del estado de Utah (uno de los más blancos de la unión y donde Trump ganó 45% a 27%), tuiteó hace dos días que “la democracia no es el objetivo del sistema político norteamericano”. Aclaró que “el objetivo es el florecimiento humano” (human flourishing) y que “la democracia fuera de control puede obstaculizar” este objetivo. Algo así podría haber sido dicho por un teórico de la izquierda revolucionaria de hace cinco décadas; no existe hoy ningún partido de izquierda que sostenga que la democracia debe ser reemplazada como régimen, al menos en Europa y las Américas. Lee no es un outsider del sistema: su padre fue Solicitor General del gobierno de Ronald Reagan y Lee hizo su carrera como secretario legal (clerk) de varios jueces federales. 

Estas matrices de deslegitimación democrática irradian con fuerza hacia la periferia. Las encontramos en un discurso cada día más presente en algunos medios de comunicación, analistas y académicos, que han pasado de decir “tal gobierno no funciona” a decir “la democracia no funciona”. Parece lo mismo, pero no lo es. Si un gobierno no funciona, siempre se puede votar a otro. Si la democracia no funciona, ¿qué se hace? (Ya lo probamos, gracias).