¿Del poscapitalismo al postrabajo?

El mundo del trabajo viene experimentando transformaciones a gran escala que ponen a prueba los marcos analíticos y las estrategias políticas progresistas. El capitalismo de plataformas está lejos de la economía colaborativa que a menudo proclama, y genera nuevos monopolios, formas de precarización y autoempleo, ganadores y perdedores. En este marco, la revolución tecnológica y la reflexión sobre el postrabajo aparecen como condiciones imprescindibles para pensar una sociedad más justa.

¿DEL POSCAPITALISMO AL POSTRABAJO?

El capitalismo digital de plataformas modifica las estructuras del mundo laboral. La tarea urgente es politizar la revolución tecnológica. De lo que se trata, ahora, es de explorar alternativas progresistas para el nuevo paradigma. ¿La socialdemocracia tiene todavía algo para ofrecer? Uno de los últimos informes del gobierno de Barack Obama fue dedicado a los impactos de la inteligencia artificial en la economía y en la propia concepción del trabajo1. Y este informe se suma a otros muchos que, desde organismos multilaterales (la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico, el Fondo Monetario Internacional, la Organización Internacional del Trabajo), han comenzado a enfrentar la incertidumbre que rodea a muchos puestos de trabajo, hoy amenazados por la creciente automatización y digitalización de procesos productivos, relaciones de intercambio y servicios de todo tipo. Hay quienes opinan que estamos a las puertas de una total reconsideración del trabajo tal como lo hemos entendido en los tres últimos siglos, mientras que otros apuntan a más continuidades que a rupturas.

Un elemento clave en este debate es si se acepta o no que la gran transformación tecnológica que estamos atravesando es una nueva vuelta de tuerca de la propia evolución del capitalismo industrial que dominó el escenario económico del siglo xx, o si se trata del inicio de un nuevo régimen de acumulación. Una nueva versión del capitalismo2 o el capitalismo digital de plataformas3; una nueva época, con un régimen de acumulación distinto, con otra concepción del trabajo, con sus propias contradicciones y estructuras sociales y, por tanto, con un escenario político distinto de aquel del que venimos.

Esta no es una cuestión menor para quien busque construir una sociedad más justa e igualitaria que la que nos ofrece el capitalismo neoliberal en sus distintas versiones. Podemos imaginar que sigue siendo posible aplicar recetas socialdemócratas y políticas keynesianas, buscar el pleno empleo y mantener políticas redistributivas (lo cual no resulta sencillo en el escenario actual), o podemos, en cambio, imaginar un futuro en el que la concepción del trabajo sea distinta y el papel del Estado y de los agentes sociales varíe radicalmente. En el primer caso, no deberemos cambiar sustancialmente los paradigmas de análisis que nos han venido acompañando a lo largo del siglo xx. Si, por el contrario, aceptamos que ya no será posible volver atrás (por mucho que haya dirigentes políticos que aprovechen la incertidumbre y la sensación de desprotección para prometer que su país volverá a ser grande de nuevo, sobre todo si cierra las fronteras), deberemos construir una estrategia de respuesta adecuada al nuevo escenario. El tema no permite simplificaciones. Pero, al mismo tiempo, exige abordarlo con prontitud desde posiciones progresistas, ya que el avance del capitalismo digital es muy veloz y está modificando el entorno productivo, económico y social en que nos movemos con inusitada aceleración. Pero esa gran disrupción puede hacernos avanzar hacia sociedades con menos carga de trabajo impuesto, con menos escasez, con democracia económica y con mayor capacidad para evitar desastres ambientales plenamente previsibles, o seguir reforzando, desde nuevas coordenadas, las carencias e injusticias actuales. En este artículo trataremos de abordar esta problemática de manera exploratoria, buscando desentrañar algunas de las claves y apuntando asimismo ciertas líneas para avanzar.

Los antecedentes de la ruptura digital

Una de las características esenciales del nuevo régimen de acumulación que promueve el capitalismo digital de plataformas está en el control de los datos, aprovechando los flujos de información que circulan por sus nuevos espacios de intermediación. Podría no ser algo distinto de lo que ha sido una constante en la evolución del capitalismo desde sus inicios, es decir, su capacidad para relacionar la carrera competitiva por el excedente con la innovación tecnológica, de tal manera que, como afirmaba Joseph Schumpeter, cualquier crisis acaba generando innovación y nuevas dinámicas de acumulación, destruyendo base productiva y generando otra nueva de manera continua. Pero, esta vez, los cambios de fondo parecen más sustantivos que los habituales en las crisis cíclicas del sistema.

Es bien conocido el proceso por el cual el tránsito de la economía precapitalista a la economía capitalista originaria se produjo separando trabajo y subsistencia. Las personas tenían acceso directo al elemento básico, la tierra, que les permitía cultivar y construir su vivienda. Bajo el sistema capitalista, eso cambia. Para acceder a los bienes básicos, es necesario acudir al mercado, y es en ese mercado donde se ofrece el trabajo. Ese trabajo no proporciona directamente la subsistencia, sino que es el salario el que la facilita. Como explica Karl Polanyi, no es que el mercado no existiera antes, sino que la gran transformación que se genera es la conversión de toda relación económica y social en mercantil4. Se produce para el mercado y es a través del mercado y de sus relaciones como se consigue lo necesario para la subsistencia. En esa situación, la clave es reducir costos de producción para mejorar la capacidad de vender a precios más competitivos. Y esto se consigue reduciendo salarios y/o mejorando la capacidad productiva mediante el cambio tecnológico constante. En este sentido, ha sido siempre importante para el sistema que hubiera gente buscando empleo de manera permanente, ya que ese «ejército de reserva» generaba la posibilidad de reemplazar a trabajadores demasiado exigentes o conflictivos. Podríamos decir que antes del capitalismo no existía el desempleo, ya que todos podían tener acceso a un pedazo de tierra para subsistir. Pero en la economía de mercado capitalista ocurre que, como afirmó la economista Joan Robinson, «solo hay una cosa peor que ser explotado por capitalistas y es no ser explotado en absoluto»5. El desempleo, el «no trabajo» (hablando «mercantilmente», ya que hay mucho trabajo socialmente útil no reconocido como tal por el mercado), es la peor de las situaciones, ya que implica la imposibilidad de la subsistencia autónoma.

El fordismo fue el resultado de la voluntad de reducir la dependencia de trabajadores con conocimientos tales que condicionaban la continuidad productiva y de aprovechar la mejora de las capacidades técnicas que el taylorismo ofrecía para ampliar el volumen de la oferta, incorporando mano de obra sin calificación, que al mismo tiempo constituiría la base de consumo necesaria para mantener la tasa de ganancia. Pero, al mismo tiempo, la gran acumulación de trabajadores en un mismo espacio generó, como sabemos, la capacidad de equilibrar en parte la lógica jerárquica y maquinal inherente al modelo, y permitió el surgimiento de una identidad colectiva entre trabajadores –entre pares– y, por tanto, su organización sindical y de clase. El resultado de esa capacidad de agencia colectiva fueron mejores salarios, puestos más estables y garantía de pensiones. El periodo de la segunda posguerra, entre 1945 y 1975, se ha convertido en el paradigma –de carácter excepcional, según Thomas Piketty6– de la lógica socialdemócrata en la que capital y trabajo conciliaban intereses, gracias al papel regulador-protector del Estado en el funcionamiento del mercado (y a su capacidad de protección frente a intercambios internacionales) y a la capacidad redistributiva que ejercían sus políticas financiadas con sistemas fiscales progresivos. Esa situación, básicamente localizada en Europa occidental, conseguía resultados win-win a partir del mantenimiento de mecanismos de intercambio desigual con el resto del mundo. La crisis de los años 70 se debió a diversos factores: sobreproducción, poca capacidad innovadora, aumento de precios de la energía. Todo ello se produjo en un escenario en el que los sindicatos mantenían posiciones de fuerza muy significativas. Al mismo tiempo que se constataba una reducción de la tasa de beneficio, se manifestaba asimismo una demanda de personalización insatisfecha que no encontraba en la lógica estandarizada del fordismo respuesta a inquietudes de identidad y diferenciación7. La larga preparación del ideario neoliberal encontró en esa crisis la oportunidad esperada8. El keynesianismo no tenía respuesta a la combinación de inflación y desempleo, y allí estaban los neoliberales con su receta de austeridad y política monetaria como solución. La inflación, sostenían, era el resultado lógico de la rigidez de precios y salarios. No era un diagnóstico inevitable, ya que existían otras hipótesis plausibles de lo que estaba ocurriendo9, entre las que se destacaba la desregulación financiera. Pero la larga preparación de la hegemonía neoliberal encontró entonces su gran oportunidad y, como dijo Milton Friedman, no se puede desaprovechar una crisis para lograr que lo que parecía políticamente imposible acabe siendo inevitable10. Lo que vino después es cosa sabida.

La hegemonía neoliberal se manifiesta en un nuevo sentido común por el cual se reclama libertad y no intervención del Estado, pero se requiere constantemente al Estado para mantener el funcionamiento del sistema. Y al mismo tiempo, esto convierte a los sujetos en personas básicamente competitivas y diversas que se mueven libres en el mercado buscando su mejor interés, más allá de las rigideces y jerarquías de las administraciones y de los políticos, despreciando a quienes viven de las ayudas públicas y «se aprovechan» de los que realmente trabajan. Con ese relato y de esta manera, el neoliberalismo ha establecido sus profundas raíces en la sociedad actual11.

Se combinaron así el ideario neoliberal –con su firme voluntad de romper con la capacidad de negociación de los trabajadores– y la innovación tecnológica, que permitía una gran mejora de las comunicaciones y una mayor facilidad para trasladar espacios productivos complejos a países con menos costos laborales, a partir de procesos de diferenciación de diseño y creación que seguían siendo centralizados, y labores de producción y ensamblaje que se dispersaban y fragmentaban. Y esto generó en pocos años un cambio drástico en la estructura de un capitalismo que incorporaba la competitividad (también del trabajo) a escala global. Fue asimismo importante la ruptura con la lógica de «todo en casa», y la externalización de muchos servicios fuera del core (núcleo) de la labor productiva. De esta manera se va generando lo que hoy es ya una realidad: bajos salarios, inestabilidad-precariedad en el empleo, alta presencia de «falsos autónomos» y notable capacidad de marcar las condiciones laborales desde la dirección de las empresas, dadas la fragmentación de tareas y la constante rotación de empleados. La tendencia a la erosión y la precarización de las condiciones laborales siguió a finales de siglo con la rápida financiarización de la economía, a caballo de la desregulación bancaria y de la reducción drástica de los tipos de interés. Esa política monetaria es la que generó la burbuja inmobiliaria que estalló en 2007-2008, sin que a pesar de los graves impactos que produjo (que demandaron una fortísima intervención de los Estados para salvar las instituciones financieras) se hayan impulsado cambios sustantivos en la ortodoxia de austeridad y de prioridad del pago de la deuda de países fuertemente atrapados por sus déficits. Al mismo tiempo, siguieron aumentando el volumen de capital situado en paraísos fiscales y las dinámicas de elusión y evasión fiscal que los sistemas de información y de circulación de capitales facilitan enormemente.

Evasión fiscal, políticas de austeridad y políticas monetarias consideradas urgentes y extraordinarias se alimentan mutuamente. ¿Qué sucede en ese escenario con el empleo? En los últimos años, el crecimiento neto de empleo a escala global ha ido aumentando. A partir de los datos proporcionados por la Organización Internacional del Trabajo (oit), se puede estimar que la población laboral se incrementó en 20% entre 1990 y 2010, aunque luego esa tendencia se acabara con la llegada de la crisis. En los países «emergentes» se incrementó en alrededor de 80% en el mismo periodo. El proceso de tercerización ha sido también evidente, reforzado por el paso de tareas antes internalizadas en las industrias a ser subcontratadas externamente. Por consiguiente, el valor final de un determinado producto incorpora el valor producido por una multiplicidad de figuras laborales que no forman parte de una misma organización: desde las que extraen las materias primas hasta las que las transforman inicialmente, las que diseñan o ensamblan, las que produjeron el software que alimenta la robotización o la logística de distribución, etc. La financiarización de todo el proceso obliga asimismo a integrar en el esquema de análisis los distintos intereses financieros que se asignan a cada fase productiva, y todo ello cruzado además por fronteras nacionales en las que se sitúan esas distintas fases de extracción-diseño-producción-distribución-financiarización. Lo que antes quedaba integrado en el universo “fábrica-empresa” queda ahora tremendamente fragmentado y segmentado, combinando distintos regímenes laborales, distintos tipos de contrato y distintos salarios, lo que produce, por tanto, una muy difícil articulación de los trabajadores frente a los intereses corporativos o patronales, a su vez fragmentados y diversificados, pero todos ellos financieramente dependientes. En las economías más desarrolladas, el resultado de este proceso ha conducido a un gran aumento del desempleo, a una precarización del empleo existente y a una erosión significativa de los salarios. No puede decirse que ello haya sido igual en todas partes ni que haya tenido la misma intensidad en Alemania que en España, por ejemplo, pero en general esa es la tendencia. Que viene acompañada, además, de un aumento importante del paro de larga duración y de la caída en la capacidad de ahorro de gran parte de los asalariados. El resultado final es una sensación generalizada de desprotección frente a los cambios que se van produciendo12.

Capitalismo de plataformas

Si esas han ido siendo las tendencias, el efecto disruptivo del cambio tecnológico se percibe de manera más intensa en la progresiva consolidación del modelo de plataformas como el que mejor condensa las potencialidades y también los efectos que genera la digitalización en nuestras vidas. El ruido y la atención que se generan son evidentes, y no dejamos de vincular smart a cualquier cosa, o hablamos de e-administration, de gig economy o de lo prometedora que resulta la «economía colaborativa», sin que sepamos aún muy bien a qué nos referimos con todo ello. Lo que algunos denominan la «cuarta Revolución Industrial» despierta pasiones y recelos, y seguramente es en la esfera laboral donde estos últimos son más frecuentes. Una de las claves de esta ebullición está en el gran cambio que implica ir pasando de una economía que basaba todo su valor en la producción a otra que empieza a situar la información como el elemento clave. Y ello se combina asimismo con una notable facilidad para poner en jaque viejas intermediaciones, al crear atajos y nuevas maneras de relacionarse y consumir, sin pasar por los canales establecidos. Y esto se hace, además, con bajos costos de acceso y de instalación. La materia prima con que se opera son los datos, y a partir de ellos puede construirse información que acaba siendo valiosa por lo que puede aportar en términos de identificación de potenciales clientes, cambios en los deseos de la gente, elección de emplazamiento, control de los empleados, etc. No es que la información no fuera antes relevante, sino que era más bien periférica en relación con el core business, y en cambio ahora es más relevante (desde el punto de vista del profiling o la determinación de perfiles de usuario) saber qué libros quiere comprar o compra la gente que la venta misma de esos libros. El sistema capitalista, tal como ha ido evolucionando, no ha estado especialmente preparado para aprovechar el valor del caudal de información que iban generando los propios procesos de producción, distribución y venta. Es cierto que el énfasis se situó primero en la configuración «científica» del proceso productivo, y luego ha habido grandes avances en la logística para mejorar la distribución. Asimismo, los estudios de mercado han tratado de acercar lo máximo posible deseos y productos, pero, en general, esos procesos se hacían de manera jerárquica, desde el conocimiento experto. La capacidad actual de las distintas plataformas que operan proporcionando información y monitoreando los movimientos reales de usuarios permite saber lo que pasa en tiempo real y generar cambios que pueden evaluarse inmediatamente. Se aprende directa e inmediatamente del uso. Nos referimos entonces a otro tipo de «negocio». Y, por tanto, a otro tipo de capitalismo. De lo que estamos hablando es de plataformas como infraestructuras digitales que permiten la interacción entre personas o grupos13. Se trata de espacios de intermediación cuyo valor reside en que permiten que sus usuarios obtengan algún tipo de información o servicio que creen precisar. Pero, al mismo tiempo, permiten que los gestores de la plataforma utilicen el goteo constante de datos que los usuarios generan con sus demandas, intereses y acciones, para trabajar con esos datos y extraer una información que acaba teniendo valor por sí misma. Hemos de recordar además que, por definición, las plataformas operan de manera global y superan fronteras, legislaciones o peculiaridades locales, lo que sin duda aporta un nuevo valor a lo ya mencionado. Cuanta más gente use cada plataforma, más valor añadido acumulará esta, ya que más gente estará interesada en interactuar en un espacio en el que sabe que se acumulan muchas personas, informaciones, productos, servicios, conceptos o saberes. Por tanto, el interés de la plataforma estará situado en facilitar el acceso a su uso y a que se articulen en ella otras ideas e iniciativas, ya que eso refuerza su propio perfil y, lo que es más importante, aumenta su capacidad de acumular datos. En el fondo, es la propia plataforma la que, a pesar de su apariencia abierta y libre, controla las operaciones, filtra accesos si lo cree necesario y, en consecuencia, gobierna el sistema. Se trata de plataformas que permiten colaboración, desarrollos autónomos, y facilitan acceso a informaciones o interacciones antes imposibles o muy difíciles, y ese es aparentemente su gran valor; pero desde el punto de vista que aquí nos interesa, lo que realmente acaban siendo son espacios centralizados de extracción de datos14.

Los efectos en el trabajo

Tenemos abundantes ejemplos históricos de los efectos que cualquier cambio tecnológico importante genera en lo que se llama «mercado de trabajo». En algunos casos, el cambio tecnológico favorece a quienes tienen un menor nivel educativo y menos habilidades para esgrimir, mientras que en otras ocasiones, como en nuestros días, parece suceder lo contrario. En efecto, como subraya el informe del gobierno de Obama antes mencionado, el maquinismo del siglo xix propició una mayor productividad de los trabajadores con menos capacidades. Lo hizo al propiciar que labores antes solo accesibles a artesanos muy dotados y experimentados pudieran ser llevadas adelante por máquinas que los sustituían y multiplicaban su productividad. Máquinas que, además, podían ser manejadas por operarios menos habilidosos y experimentados. Lo que sucede ahora va, en parte, en sentido contrario. La revolución tecnológica actual parece beneficiar a quienes tienen más capacidades cognitivas y mejor se manejan en entornos digitales. Las labores más rutinarias son más fáciles de programar y dejan poco espacio a muchos trabajadores que ocupaban esas posiciones, mientras que pueden verse favorecidos aquellos más creativos y capaces de replantearse procesos. Los más formados incrementan su ventaja y salen perjudicados aquellos que ya ocupaban las posiciones peor retribuidas. La desigualdad aumenta, ya que la distribución de costos y beneficios de los efectos que genera el cambio digital no se produce de manera equitativa. La revolución tecnológica actual presenta un sesgo en favor de quienes tienen más capacidades cognitivas y mejor se manejan en entornos digitales. ¿Cuántos puestos de trabajo pueden desaparecer?

Como casi siempre, las previsiones recorren desde el más puro pesimismo al más ingenuo optimismo. No es fácil acertar, ya que no hablamos de cambios en un determinado proceso productivo, sino de un conjunto de transformaciones tecnológicas que van de la comunicación personal hasta el funcionamiento del hogar, pasando por el consumo, las transacciones financieras, el transporte o la seguridad en las ciudades. Tampoco está claro si lo que resulta afectado son tareas concretas (como transmitir información y conocimiento a los alumnos, por ejemplo), o la propia ocupación en su conjunto (ser profesor). La automatización requiere partir de pautas para poder generar supuestos de acción futura y puede no ser capaz de sustituir la inteligencia social, la creatividad y la capacidad de juicio que muchas profesiones o tareas requieren. Pero ese tipo de cualidades no son necesarias en cualquier tipo de trabajo. Y no acaban ahí los posibles efectos del cambio digital en la esfera laboral. Hemos de incorporar en el análisis el papel de las plataformas. Las de carácter aparentemente informativo (Google) o de interacción social (Facebook) son de hecho instrumentos muy potentes de extracción de datos de los usuarios, quienes «trabajan» para las plataformas de manera gratuita generando constantemente datos y contenidos que serán usados para canalizar la publicidad. 90% de los ingresos de Google y 96% de los de Facebook provienen de la publicidad y, para poder encauzarla debidamente, resulta clave la «minería» de datos (data mining) que debe hacerse para focalizar formatos y contenidos de la publicidad y canalizarlos hacia los usuarios de estas plataformas cada vez que las usan. La pregunta que podemos hacernos es si realmente lo que hacen los usuarios de estas plataformas es «trabajo». Es evidente que no todas nuestras interacciones son rastreables ni pueden convertirse en «valor» a vender o negociar. Pero algunas de ellas sí, y esa capacidad extractiva y «rastreadora» o «vigilante»15 de las plataformas convierte en algo mercantilizable acciones nuestras no pensadas como «trabajo». Al pedir comida mediante una plataforma que facilita el envío a domicilio, no solo estamos aprovechando el «excedente de capacidad» que tiene el restaurante al que pedimos el servicio, o el «excedente de capacidad» que tiene la persona que con su bicicleta o moto nos va a acercar a casa el producto, sino que también estamos dando algo más. Estamos generando una información clave que, añadida a las de otros muchos usuarios del servicio de Deliveroo o Glovo, por ejemplo, va a proporcionarles los mejores datos disponibles, en tiempo real, sobre los deseos culinarios de bonaerenses, neoyorkinos o madrileños. Esa es una información que puede acabar siendo más valiosa que el beneficio obtenido por la labor de intermediación y de delivery en sentido estricto. Por otro lado, interactuando a través de esas plataformas con múltiples servicios, estamos descartando intermediarios que antes se ocupaban de gestionar nuestras demandas y que ahora, al verse desbordados por dinámicas digitales que los hacen prescindibles, se ven obligados a despedir empleados o directamente a cerrar sus puertas.

Hacemos un «trabajo» que hace prescindibles trabajos que antes eran necesarios. Esa dinámica de intervención «productiva» de quien antes era simplemente consumidor favorece la figura del «prosumidor», en la que se mezclan los roles. En algunos casos ello redunda en beneficio común (como en el caso de Wikipedia, donde la ampliación y solidez de los conceptos incluidos en la enciclopedia dependen de la actividad de sus usuarios y contribuyentes), pero en otros casos (los más frecuentes) el valor de esa «producción» o colaboración acaba siendo esencialmente extraído por la plataforma en su propio beneficio. Es evidente que el conjunto de datos que van captándose de la actividad online que las plataformas canalizan constituye la materia prima con la que será posible construir información. Es decir, no es algo estrictamente automático, sino que en el proceso que va de los datos a la información hay un conjunto de actividades, de trabajo a desplegar. En la medida en que las plataformas consigan ampliar su utilización por parte de los usuarios, y ampliar asimismo los momentos vitales en que las personas estén en contacto con las plataformas (en forma de wearables o elementos que uno viste o simplemente carga encima, pero que emiten señales y datos de lo que hacemos: caminar, correr, dormir, comprar, etc.), la capacidad de construir valor sobre ese uso se irá ampliando y se reforzará su posición en el mercado de la información, el control y el conocimiento.

El aumento en cantidad y calidad de los sensores o de los objetos o instrumentos que cargan en su propia estructura emisores de información constituye asimismo un potencial importante para la mejora de los procesos productivos, de las actividades de logística, de los tiempos de trabajo y distribución, del consumo de energía, etc.16. En este sentido, la denominada «industria 4.0» permite controlar con algoritmos las labores de producción, almacenamiento y distribución de los empleados. En algunos casos, como el de Uber, se logra monitorizar por completo el desempeño de la labor de sus empleados «autónomos». Y ese nivel de automatización y de control favorece además el que puedan ser fácilmente sustituidos o que se puedan externalizar esas labores a empresas que dispongan de personas peor retribuidas o con menores costos sociales, lo que favorece la precarización general de muchos lugares de trabajo. En un mismo lugar de trabajo pueden coexistir personas con situaciones salariales y condiciones de empleo muy distintas, sea de forma permanente o estacional, cuando picos de demanda lo hagan necesario. Entramos pues en situaciones híbridas de empleo en las que en un mismo lugar de trabajo pueden darse asimetrías muy importantes de poder, de acceso a la información y de condiciones laborales. Los efectos más directos sobre las condiciones de trabajo se observan al comprobar el funcionamiento de plataformas que simplemente actúan como intermediarias entre personas que ofrecen productos y servicios y potenciales clientes. Hemos ya mencionado el caso de Deliveroo, pero podemos añadir los de Uber, Airbnb o Mechanical Turk. La función esencial que realiza la plataforma es la de conectar, servir de intermediario. Las bicicletas, los coches, las casas, los conocimientos y los productos no son suyos, ni tampoco pertenecen a la empresa los empleados o personas que pedalean, conducen, mantienen o proveen información o cualquier servicio. Todo está externalizado. Por su función de intermediación, la empresa que administra la plataforma percibe un canon que extrae de la transacción principal entre proveedor y cliente. Las personas que transportan alimentos, las que conducen, las que limpian los apartamentos y los mantienen o las que realizan servicios son «emprendedores autónomos»; por lo tanto, no son aparentemente trabajadores por cuenta ajena –cuando de hecho sí lo son–17. Eso permite, lógicamente, competir mucho más favorablemente en el mercado con empresas que deben asumir los costos laborales establecidos por la legislación. La relación dura lo que tarda en producirse la transacción que se lleva a cabo. La conexión laboral es el celular. No es extraño pues que haya aumentado en todo el mundo el número de autoempleados, ante el gran crecimiento que están teniendo estas fórmulas de externalización. Los efectos más directos del nuevo capitalismo sobre las condiciones de trabajo se vuelven fácilmente visibles al observar el funcionamiento de plataformas que simplemente actúan como intermediarias entre personas que ofrecen productos y servicios y potenciales clientes. Pero es importante recalcar que también en estos casos acaba siendo más importante la capacidad de extraer información y conocimientos sensibles sobre el funcionamiento del mercado y su evolución a través de la acumulación de datos.

Por su posición de intermediación, estas empresas acumulan una información que es totalmente asimétrica en relación con los otros participantes en las transacciones. Tienen información precisa sobre los gustos e intereses de los consumidores. Disponen asimismo de información sobre lo que ofrecen propietarios, restaurantes o choferes. Los demás actores no disponen de esos datos. Esa información, tratada con algoritmos que solo esas empresas controlan, determina precios y transacciones. El sistema de rating o de estrellas que se usa para determinar el grado de satisfacción sobre el servicio no permite saber si hay sesgos (sobre diversidad étnica, de género o de otro tipo) en las consideraciones finales. A fin de cuentas, es precisamente la información de que disponen las plataformas la que genera su capacidad extractiva sobre la colaboración entre ofertantes y demandantes de servicios. Esa intermediación, lejos de ser «colaborativa», es claramente extractiva y coloca en situación de privilegio a la plataforma en virtud de la asimetría en la información, que le acaba permitiendo determinar precios u opciones, o castigar o premiar a los que establecen la transacción.

Las instituciones públicas están reaccionando de manera tardía y parcial respecto del funcionamiento de las plataformas. Ha habido sanciones por «posición de monopolio» en relación con Google. El gobierno de la India no permitió que Facebook usara el señuelo de ofrecer gratis el acceso a internet a través de su plataforma. A finales de junio de 2017, se publicó una resolución del Parlamento Europeo en la que, tras constatar que 17% de los ciudadanos europeos incluye estas plataformas en sus hábitos de consumo, se reclama mayor implicación en un sistema que, de mover 10.000 millones de euros en 2013, superó largamente los 30.000 millones en 2016 (y cuyas expectativas de aumento son muy significativas)18, con un beneficio que se multiplicó por cinco para las plataformas en ese periodo (de 1.000 millones a 5.000 millones). Y estamos empezando. En la resolución del Parlamento, se pide asegurar los derechos laborales y sindicales de los «emprendedores autónomos» y que exista un control sobre el rating o la evaluación de cada uno, ya que al final será eso lo que determine su valor profesional o mercantil (es muy importante el tema de la reputación online como mecanismo de control que, además, condiciona la vida laboral futura de los sometidos al sistema19). Mientras se mantenga la asimetría de información antes mencionada, las plataformas practican un abuso de posición dominante que dista mucho de los ideales de competitividad de la Unión Europea que le han servido de guía en estos años de austeridad.

Tecnología y trabajo: politizar el debate

Más allá del debate sobre los efectos que tendrá el capitalismo digital sobre la esfera laboral, deberíamos preocuparnos por establecer un control democrático sobre un conjunto de poderosísimos instrumentos de centralización y monitoreo del conjunto de actividades sociales (y por tanto, económicas). El núcleo duro de las infraestructuras sobre las que circula y funciona la economía está siendo objeto de un proceso notable de concentración, sin que las instituciones políticas representativas sean capaces de asegurarnos un uso correcto del manejo de datos y de la información que se extrae de ellas. Y el debate sobre la soberanía, que tantos quebraderos de cabeza y conflictos ha supuesto históricamente, ahora debería plantearse en relación con el espacio digital y el control de los datos. Hay evidentes ganadores y perdedores en esa acelerada transformación económica. Los Estados pueden y deben plantear sus estrategias al respecto construyendo sus propias plataformas públicas20. Pero también deben regular para evitar posiciones de monopolio, establecer normativas concretas que impidan la explotación de trabajadores sin control ni garantía alguna, imponer mejores reglas para asegurar la privacidad de determinadas acciones y llevar adelante acciones coordinadas para evitar la evasión generalizada de capitales. No deberíamos estar en contra de las plataformas colaborativas, si son abiertas y democráticamente gobernadas, sino de la captura extractiva que se está produciendo de las oportunidades de intercambio que ofrece la economía digital.

En una época en que estamos aprendiendo a marchas forzadas que no todas las evidencias son aceptadas como tales y que los más variados argumentos pueden acabar conduciéndonos a decisiones irracionales, hablar de trabajo y dignidad resulta aventurado. Llevamos muchos años de crisis económica y vemos que estamos entrando en otra época. El trabajo y su relación con las trayectorias personales, con la construcción de carácter e identidad o como puerta a la emancipación y la construcción estable de nuevos núcleos familiares han ido deteriorándose y se ha ido perdiendo buena parte de su condición vital nuclear. Es por tanto legítimo empezar a preguntarse por el postrabajo, por una sociedad en la que se aseguren las condiciones mínimas de subsistencia y se puedan reducir sensiblemente las jornadas laborales y se faciliten espacios de mayor creatividad personal y colectiva aprovechando las indudables ventajas que, a pesar de todo, puede tener la revolución digital en marcha. Esa será, probablemente, una de las grandes problemáticas en los próximos años. La propia oit se preguntó hace poco en una conferencia internacional en Ginebra acerca del fin del trabajo. Lo que parece claro es que nos podemos ir olvidando de una concepción del trabajo como la que manejábamos a lo largo del siglo xx. Y también está claro que de las filas del neoliberalismo no podemos esperar una versión emancipadora sobre el tema. Es en ese escenario donde el debate político, la politización de la revolución tecnológica, aparece como imprescindible.

  • 1.

    Joan Subirats: es doctor en Ciencias Económicas por la Universidad de Barcelona. Fue el fundador del Instituto de Gobierno y Políticas Públicas (igop) de la Universidad Autónoma de Barcelona. Actualmente se desempeña como comisionado de Cultura del Ayuntamiento de Barcelona. Acumula una larga trayectoria en el estudio de los cambios políticos y sociales. Sus últimos libros son Otra sociedad, ¿otra política? De «no nos representan» a la democracia de lo común (Icaria, Barcelona, 2011) y España / Reset. Herramientas para un cambio de sistema (con Fernando Vallespín, Ariel, Barcelona, 2015).Palabras claves: capitalismo, plataformas, postrabajo, regulación, socialdemocracia.Nota: este artículo se publicó en Nueva Revista Socialista, 10/2017.. Oficina Ejecutiva del Presidente de Estados Unidos: «Artificial Intelligence, Automation, and the Economy», 12/2016, disponible en https://obamawhitehouse.archives.gov/sites/whitehouse.gov/files/documents/Artificial-Intelligence-Automation-Economy.pdf.

  • 2.

    J. Subirats: Otra sociedad. ¿Otra política?, Icaria, Barcelona, 2011.

  • 3.

    Nick Srnicek: Capitalismo de plataformas, Caja Negra, Buenos Aires, 2018.

  • 4.

    K. Polanyi: La gran transformación, fce, Ciudad de México, 2004.

  • 5.

    J. Robinson: Filosofía económica, Gredos, Madrid, 1966.

  • 6.

    T. Piketty: El capital en el siglo xxi, fce, Madrid, 2014.

  • 7.

    Luc Boltanski y Ève Chiapello: El nuevo espíritu del capitalismo, Akal, Madrid, 2002.

  • 8.

    Ver Christian Laval y Pierre Dardot: La nueva razón del mundo. Ensayo sobre la razón neoliberal, Gedisa, Barcelona, 2014; David Harvey: Breve historia del neoliberalismo, Akal, Madrid, 2007.

  • 9.

    Ver Ann Pettifor: «The Power to Create Money Out of ‘Thin Air’» en Open Democracy, 18/1/2013.

  • 10.

    M. Friedman: Capitalismo y libertad. Ensayos sobre política monetaria, Síntesis, Madrid, 2012.

  • 11.

    N. Srnicek y Alex Williams: Inventar el futuro, Malpaso, Barcelona, 2016.

  • 12.

    Luca Ricolfi: Sinistra e popolo, Longanesi, Milán, 2017.

  • 13.

    N. Srnicek: Capitalismo de plataformas, cit.

  • 14.

    Ver Evgeny Morozov: «Socialize the Data Centres!» en New Left Review No 91, 1-2/2015 y «Tech Titans are Busy Privatising our Data» en The Guardian, 24/4/2015.

  • 15.

    Shoshana Zuboff: «Big Other: Surveillance Capitalism and the Prospects of an Information Technology» en Journal of Information Technology No 30, 2015.

  • 16.

    Foro Económico Mundial: «Industrial Internet of Things. Unleashing the Potencial of Connected Products and Services», disponible en http://www3.weforum.org/docs/wefusa_IndustrialInternet.Report2015.pdf.

  • 17.

    Adrián Todolí: El trabajo en la era de la economía colaborativa, Tirant Lo Blanch, Valencia, 2017.

  • 18.

    Parlamento Europeo: «Una agenda europea para la economía colaborativa», swd (2016) 184 final, Bruselas, 2/6/2016.

  • 19.

    A. Todolí: ob. cit.

  • 20.

    Mariana Mazuccatto: El Estado emprendedor, rba, Barcelona, 2014.

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