Argentina: Pocas sorpresas kichneristas y varias certezas macristas. Dossier

Pablo Stefanoni

Beatriz Sarlo

Sin Permiso 10/01/2016

Kirchneristas progresistas… y de los otros

Pablo Stefanoni

La triple fuga y sus coletazos posteriores dejaron ver, de manera descarnada, la penetración del delito en el Estado. Era algo ya sabido, pero la forma de la “huida”, con la complicidad de miembros del Servicio Penitenciario y la protección posterior por parte de sectores de la policía, ilustra un entramado de vínculos entre policía y delito que nos habla de la manera de hacer política en la provincia de Buenos Aires (y no sólo allí). Es cierto, como se dijo, que el de María Eugenia Vidal fue un voto anti-Morsa, y aunque corporizado en Aníbal Fernández, justa o injustamente, el término “Morsa” se volvió una suerte de sinónimo de política mafiosa. El periodista Carlos Gabetta escribió en este diario, y en un libro, que la encrucijada argentina era república o país mafioso. Sin duda, no es la única encrucijada, pero es un dilema que el progresismo en su versión kirchnerista se negó a ver.

Más allá de la coyuntura, todo esto remite a un problema más general: el llamado “kirchnerismo” fue una suerte de alianza entre sectores progresistas de las clases medias (muchos de ellos provenientes de decepciones políticas previas o de sectores juveniles que despertaron a la política tras la crisis de 2001) y el peronismo tradicional. El kirchnerismo fue, como dijo Carlos Altamirano –parafraseando a John William Cook– una suerte de “hecho maldito del progresismo”, al menos para el que no quiso sumarse. Otra vez el peronismo podía agarrarse de esas banderas.

Y sumarse a él significó una transacción, como siempre ocurre en la política real. En este caso, para impulsar una idea más incluyente de la política y la economía –demos eso por hecho–, habría sido necesario aceptar la opacidad del kirchnerismo en materia de corrupción. Aníbal es el signo de eso. Desde el patrimonio de Cristina, sus vínculos con Lázaro Báez, hasta toda una base política –y de financiamiento– atravesada por el delito (y ahí entra el tema de la efedrina y la campaña “Cristina 2007”). Esa transacción política y moral –“si no aceptamos esto, en nombre del realismo, vendrá la derecha”– está en el núcleo de esa constelación llamada kirchnerismo. Y ahí está, probablemente, una de sus debilidades ideológicas más profundas. Porque al final vino la derecha, y lo que quedó como herencia combina discursos de justicia social con un Estado atravesado por todo tipo de cloacas de la democracia.

Daniel Scioli significaba una negociación con esos grupos desde el peronismo clásico. El macrismo promete acabar con ellos, pero, como se vio en la Provincia, no tiene el personal para dar batalla e intentó esta especie de pacto con el viejo sistema (Casal, Granados) que –en palabras de Margarita Stolbizer, combinó ingenuidad y continuismo– terminó estallando como una bomba. Además, el macrismo plantea otro problema: el de la potencial carencia de autonomía del Estado respecto del mundo empresarial, como se ve con la Ley de Medios.

El kirchnerismo terminó combinando honestos y sofisticados intelectuales como Horacio González, y el espacio de Carta Abierta, con los fondos más bajos de la política. Cuando Patricia Bullrich se vestía con campera de jean y era peronista de izquierda, solía responder a la izquierda no peronista diciendo, más o menos: “Ustedes no entienden el peronismo; el peronismo es un movimiento que incluye a los buenos y los malos”. Y el kirchnerismo reactualizó eso, después de que el menemismo hubiera dejado fuera a los “buenos”.

El problema de presentar el clivaje como república (a secas) frente a país mafioso es que una oposición tampoco muy republicana pudo apropiarse de ese significante y ganar las elecciones. Pero eso no quita que desde el espacio progresista deba buscarse una especie de equilibrio entre las necesidades de la realpolitik y las de una reforma “intelectual y moral” –como reclamaba Gramsci– de la política argentina. Esto es importante, no tanto para evaluar el kirchnerismo como historia sino en el momento de construir una oposición progresista al actual gobierno de centroderecha.

Hay Equipo

Beatriz Sarlo

¿Tiene sentido hablar de los primeros treinta días de este gobierno? En varios aspectos tomó las medidas que había anunciado el candidato Macri: se levantó el cepo velozmente; se redujeron a cero las retenciones, excepto la de la soja, que se redujo 5%. Dos medidas económicas que sus ministros ya trajeron elaboradas y realizaron con solvencia. Dentro de un tiempo, habrá que ver a quién beneficiaron, aunque parece evidente que el fin de las retenciones va a las cuentas bancarias de los productores agrarios y que de allí saldrían inversiones no especulativas, se revitalizarían las enfermas economías regionales, se abrirían cien flores en las pymes de los pequeños pueblos, se levantarían más torres en Rosario y otras ciudades de la Pampa Húmeda, y miles de argentinos cumplirían sus sueños, como les prometió Macri en campaña. También habrá aumentos en bienes de primera necesidad para todos. Se otorgó una bonificación de 400 pesos “por única vez” a quienes cobran planes sociales, asignación universal y jubilación mínima. En este caso, la mejora es ofensivamente mezquina.

Ese es Macri. En los últimos días, uno de sus ministros hizo una declaración que algunos pueden juzgar realista y otros, amenazadora. Con el objetivo de impartir una lección de disciplina a los sindicatos para las próximas paritarias y sus actuales reclamos de un bono extraordinario, Prat-Gay dijo con la fría sinceridad de los poderosos: “Cada sindicato sabrá dónde le aprieta el zapato y hasta qué punto puede arriesgar empleos a cambio de salarios”.

Las expectativas sobre el nuevo gobierno se mantienen. Quienes pensaron que iba a gobernar para los sectores empresarios rurales o de la industria pueden tener sus motivos. Quienes pensaron que Macri llegaba para ordenar un desbarajuste económico y financiero también encontrarán sus razones. Unos y otros saben que un mes es poco tiempo y los macristas argumentan que el Gobierno empezó por lo más urgente (bajar las retenciones para que los rurales pusieran la soja en el mercado y liquidaran dólares).

Hasta aquí, todo lo que puede decirse es que Macri estableció prioridades. Y, si somos francos, nadie esperaba que su mandato diera inicio a una época de distribución progresiva del ingreso. Macri piensa de verdad que las nuevas inversiones, cuando se realicen, crearán puestos de trabajo y a todos nos irá mejor; y para que a todos nos vaya mejor, en primer lugar los inversores tienen que tener confianza en que a ellos les va a ir extraordinariamente bien, ya que no abundan capitalistas que amen el riesgo y la innovación en vez de sentarse sobre la seguridad de la ganancia a corto plazo. Macri quiere enamorar a esos capitalistas y pedirles a los sindicatos que esperen el momento en que fluya hacia abajo la miel de sus éxitos. Sabe que sobreviven pocos líderes de un capitalismo arriesgado, que hoy parece un objeto teórico pretérito.

Al Partido Popular español, de cuyo jefe, Mariano Rajoy, Macri es amigo (el único amigo político que cultivó antes de llegar a la presidencia), no le ha ido bien con esta filosofía económica. Después de cuatro años de gobierno, España sigue con las tasas de desempleo juvenil más altas de Europa, compitiendo con las de Grecia. Pero hay confianza en que los argentinos tendremos más suerte. La mano de Dios siempre estuvo cerca de nosotros.

Diagnóstico y experiencia. María Eugenia Vidal encontró en la provincia de Buenos Aires la realización exacta del diagnóstico de caos y connivencia de la policía con el delito que se conocía de antemano. Lo dijeron, tenían noción de dónde se metían. Compitieron por la Casa de Gobierno de La Plata y allí están. Nadie que conozca la provincia de Buenos tenía otro cuadro de situación. Era verosímil que sucediera una fuga como la de los hermanos Lanatta y su compinche, o cualquier otro desbarajuste. Todos deseamos que Vidal pueda fortalecerse después de esta primera prueba, captura incluida, y pueda demostrar en escenarios “normales” si es capaz de marcar una línea más allá del incendio.

Pero también hay que pensar que ganó el gobierno de la Provincia gente que no conocía la densidad del pantano en el que entraba. Durante meses, Vidal dijo por televisión que se pasaba todo el día visitando vecinos por campos y poblados. ¿Era una simple consigna publicitaria o creía un poco en esos videos encantadores donde ella chapoteaba en el barro con altas botas y se asombraba cuando veía a un paisano arreando dos terneros? El Estado es una máquina complicadísima (bastante más complicada, créase o no, que la Hewlett-Packard o la AT&T). Un Estado corrupto, como el que dejó el kirchnerismo, agrega a la complejidad el calor del infierno.

Un partido nuevo, que está reclutando gente que no ha participado de su campaña política y a quienes, a veces, no conoce personalmente, necesita tiempo para entender esa máquina y reformarla, si tiene la inteligencia y la fuerza para hacerlo. La novedad es un valor, pero no es un valor absoluto. La solvencia de Prat-Gay o de Rogelio Frigerio, se acuerde o no con sus ideas, la solvencia de Lavagna (a quien Kirchner mantuvo hasta 2005, es decir hasta que aprendió todo lo que pensó que necesitaba aprender), no son producto de la novedad sino del conocimiento y de la experiencia que se adquiere recorriendo los diferentes niveles de la administración, la academia y la toma de decisiones.

Esto no es una reivindicación de los viejos. Por el contrario: ser joven es una ventaja, porque se reacciona más rápido y se trabaja más tiempo. Pero antes hay que sentarse a aprender un poco. Lo que, desde siempre, se llamó el “cursus honorum” de la política no es simplemente una competencia de vanidades. Es también una carrera de conocimientos, tradiciones y relaciones. Llamar equipo al Presidente y sus ministros no es sólo una simpática innovación del léxico. Significa también que el ingeniero Macri todavía no tiene un partido ni de nuevo ni de viejo tipo. Esa puede ser una ventaja en tanto no imagine que es sólo una ventaja sin ningún déficit. Y si no me cree, que mire a Alemania o a Chile.

Jefe de redacción de la revista Nueva Sociedad
periodista, escritora y ensayista argentina en el ámbito de la crítica literaria y cultural.

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